Temporada y temporadistas.

Progreso, Yucatán a 15 de agosto. En la antigua Roma el verano alcanzaban temperaturas cálidas que no hacían grata la vida en la populosa urbe. Con el hacinamiento humano sumado a las precarias condiciones sanitarias,  los romanos que podían buscaban  pasar el verano en sitios más placenteros como las montañas, los lagos, la campiña, y por supuesto, en su muy activo puerto comercial y militar llamado “Ostia”, ubicado en la desembocadura donde el río Tíber vierte sus aguas al Mar Tirreno que conforma al Mar Mediterráneo. Es lógico pensar que la gente acudiese a sitios que a la vez le permitieran participar de sus actividades productivas  como el cultivo de la vid, la aceituna o el comercio marítimo, tal era el caso particular de Ostia.

 

¿Y qué tiene que ver Roma con nuestros queridos puertos yucatecos? Pues la verdad que mucho, y bastante…lo intentaré explicar.

Durante la  época colonial la ciudad de Mérida  tenía accesibilidad  marítima a través del Camino Real que conducía al puerto de Campeche. Mérida era la capital y Campeche el puerto comercial.Sisal existía a manera de vigía con un vigilante, pero era más bien una senda de difícil tránsito para el acarreo de mercancías. En aquellas épocas los demás puntos de la costa eran villas de pescadores o vigías militares. En 1810 el gobernador colonial Don Benito Pérez de Valdelomar ordena la apertura de Sisal como puerto comercial,  la exportación del henequén aún no iniciaban, pero ya se daba el comercio marítimo y Sisal vino a beneficiar a la capital  por su cercanía. Nos podemos imaginar el difícil camino carretero que era este enlace. Con el auge del henequén a mediados del siglo XIX Sisal comenzó a exportarlo la demanda crecía. De ahí que en el mundo entero se le comenzó a llamar, y hasta la presente fecha eso subsiste, como  “Sisal”, a la fibra del henequén, ya que a las pacas les ponían un sello visible con el nombre del puerto de embarque.

En 1865 con el desembarco de la emperatriz Carlota Amalia en el puerto de  Sisal las cosas se les pusieron difíciles a los yucatecos pues a los pocos años de dicho suceso Sisal quedó relegado por las autoridades federales republicanas juaristas que buscaban redirigir el comercio marítimo nuevamente a través del puerto de Campeche, lo cual sucedió y los yucatecos no volvimos a contar con una salida tan directa al mar hasta que el empresario D. Juan Miguel Castro funda en la villa de Progreso el actual puerto.

En el último cuarto del siglo XIX el sector privado construyó  líneas de tren por la Península como una necesidad  de transporte para  la industria henequenera y comerical. Se  desarrollaron  4 líneas anchas con locomotoras de carbón, todas  convergían en Mérida, sus rutas eran a Campeche, Valladolid, Peto y el puerto de Progreso, esta última línea comenzó a operar exclusivamente como tren de carga. Prácticamente se cubrían los 4 puntos cardinales de la Península y además se desarrollaron en interconexión casi cuatro mil kilómetros de líneas férreas angostas denominadas “de cauville”, las cuales eran jaladas por tracción animal de mulas traídas de Tamaulipas o Cuba. Esta ganadería a su vez sumó empleos a los propios beneficios del henequén. Yucatán era para principios del siglo XX el estado mejor conectado férreamente en toda la República Mexicana.

 

Con la facilidad del tren, sumado a la posibilidad de supervisar por parte de los comerciantes y hacendados las maniobras de exportación del henequén,  lógicamente Progreso no tardó en posicionarse como sitio de trabajo y de ahí pasó a ser  lugar  de veraneo para los meridanos quienes copiaron la costumbre europea de huir del calor buscando sitios más agradables, al igual que se hacía en España y siglos antes en Roma. El paso de los años y la dotación de servicios hicieron lo suyo. El creciente interés por veranear dio paso a la construcción de casas y toda índole de actividades que convirtieron  a Progreso en el segundo puerto más importante del Golfo de México. Tan solo  Veracruz que ya contaba con varios siglos de existencia mantuvo su ritmo comercial, más no se logró regionalizar el atractivo del verano, sino que se mantuvo como urbe junto al mar.

Suena curioso, pero aquí en Yucatán al verano le llamemos enfáticamente “la temporada”, cual si las demás épocas del año no lo fuesen, y quedaran relegadas por debajo en el escalafón de importancia, al grado tal que el año calendario yucateco hay para quienes lo consideran  el parte aguas de fechas que opaca  o cuando menos pretende eclipsar al año Solar yucateco.

Esta actividad  de migración así como la de “hacer pasadía” no se realiza  de manera tan masiva en otras regiones del país, es algo de aquí muy particular y muy nuestro. Los mexicanos “vacacionan”, pero solo los yucatecos “temporadeamos”.Tan deseada resulta “la temporada” que todos los puertos de nuestra costa se llenan de veraneantes o paseantes, ningún puerto se escapa a esta pacífica invasión de peregrinaje anual de verano,  desde El Cuyo  hasta Celestún, todos  quedan atiborrados de “temporadistas”. Incluso seguimos diciendo de manera coloquial que alguien “hizo su agosto” cuando tuvo muchos clientes y buenas ventas. Quienes pueden permanecen algún tiempo en la costa, quienes no tienen hospedaje ni parientes o amigos porteños, (lo cual siempre es recomendable tener) se organizan en pasadías, principalmente de carácter familiar. Estas escapadas de playa siempre se vuelven momentos de convivencia grata y de recuerdo perdurable, suceden muchas cosas que nadie olvida……y ya no digamos del famoso “amor de temporada” que es bien sabido siempre “se los lleva la brisa” cuando el verano termina.

Muchas razones han permitido la ininterrupción de este  fenómeno social, por mencionar las que considero principales diré que ante todo la amabilidad de los porteños y  la baja profundidad de las cálidas aguas de blanca arena garantizan seguridad para disfrutar del mar.

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