Rumbo al Mar.

Progreso, Yucatán a 29 de agosto. Nuestra Península de Yucatán cuenta con diversos ecosistemas, todos muy ricos en flora y fauna, y cada uno de ellos ofrece al hombre un medio de aprovechamiento para su beneficio, particularmente en tiempos preindustriales en los que se tenía que utilizar lo que la Madre Naturaleza nos daba de una manera más simple. Quiero contarles sobre los pocos kilómetros de distancia que separan la tierra adentro de la orilla del mar. Zona agreste e intransitable, lo cual le confiere una belleza propia y diferente a los demás ecosistemas.
Desde el interior y rumbo al Norte conforme nos acercamos al litoral de la costa de nuestro estado, el cambio en la naturaleza se vuelve abrupto, mágico y asombroso, mucho cambio en poca distancia.
En poca distancia se pasa de la selva baja (de vegetación árida con arbustos y matorrales espinosos cuasi intransitables) y se llega a las tzqueleras, sitios donde se extrae material pétreo muy particularmente nuestro con superficie de piedras planas y también con la famosa piedra conchuela, cuyos fósiles marinos atestiguan la juventud de nuestro suelo. En estas tzequeleras se encuentran algunos ojos de agua dulce a cielo abierto y se funden con una franja inundable donde se cosechó el “Palo de tinte” usado como pigmento y que crecía desde Cabo Catoche hasta la zona de San Joaquin de Palizada en el vecino estado de Campeche. En esa zona crecen los zacalatales o navajuelas altos y filosos y es donde se cosecha el zacate palapero, tanto el rojizo de agua semi salada como el de agua dulce.
Luego andando más hacia el norte encontramos humedales que combinan lagunas salobres con isletas de vegetación, zona aquí llamada “manglares” donde se ubican muchos “petenes” (peten significa isla) y que se distinguen fácilmente por la altura y verdor perenne de sus árboles. Estos petenes son ecosistema en sí mismos y todo el año proveen de agua dulce y alimento a la fauna silvestre, común es encontrar en ellos culebras coralillos, tortugas, monos, mapaches, venados, pisotes, cocodrilos, tigrillos, jaguares y demás animales; entre sus frutales destaca en elegancia el árbol del zapote. En los las lagunas la inmensidad de aves endémicas y migratorias proveen un aprovechamiento racional del recurso alimenticio, deportivo y turístico. De los cuatro tipos de mangle (rojo, negro, botoncillo y blanco) eran estos últimos los preferidos por su rectitud y altura para hacer mástiles y remos; aún hoy se utilizan para hacer palancas sin las cuales es imposible navegar los humedales en épocas de agua alta. Después lindando al norte topamos con la duna costera de arena que mantiene una vegetación y fauna claramente identificables, en esta duna los arbustos son bajos y sus orillas han hecho posible la vida al ser humano al proveerlo de sal desde épocas remotas como han investigado los arqueólogos de la civilización maya. Hay entre la flora endémica una guía rastrera llamada en maya “anikab” la cual permite su sancocho que al dejarla suave y maleable cual soga delgada se empleaba para tejer cestos y amarrar palapas pues una vez seca se endurece y mantiene la forma dada. La duna costera a su vez da comienzo en su orilla norte al MAR…..cuya riqueza es ilimitada si se cuida debidamente.

Hay muchas historias tristes o pocas afortunadas de gente que se ha extraviado en los manglares y tzequeleras, “solo quienes tienen la sabiduría del del sitio son capaces de adentrarse y salir ilesos”. Y mejor ni hablar de los mosquitos, chalmaquines, tábanos, chaquistes, culebras y demás fauna non grata.
En su propia indomabilidad radica la conservación de estos ecosistemas.

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